sábado, 31 de octubre de 2015

Crónica y vídeo de la París Brest París 2015

Esta es la crónica de la París Brest París, realizada por varios miembros del Pakefte y escrita por uno de ellos...

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Más de un mes hace que terminó la vorágine de la París-Brest-París 2015. Desde entonces, muchas circunstancias han confluido en mi vida, impidiéndome tomarme el tiempo necesario para reflexionar y ordenar los recuerdos. Pero hoy ha llegado el momento. Uno nunca deja de ser un aprendiz de randonneur. Aunque los kilómetros se van acumulando en las piernas y las vivencias en la memoria, cuanto más participo en eventos de larga distancia, más me doy cuenta de la maravillosa diversidad de personas que se dan cita en esta modalidad deportiva y lo mucho que aprendo de todos ellos. No conozco dos randonneurs iguales, y como es lógico suponer, tampoco conozco a ninguno que sea como yo. Pero, con nuestras diferentes costumbres y formas de pensar, los ciclistas de larga distancia formamos un colectivo impresionante, de miles de personas que durante cuatro días de Agosto nos hemos dejado atrapar por la magia de Bretaña, sus gentes y su veneración por el ciclismo.

Esta es mi videocrónica completa de la París-Bres-París 2015:




Esta película está hecha a base de videoclips, algunos grabados por mí, otros por Rafa Cortegana y otros son montajes obtenidos de las redes sociales. Se puede ver de un tirón o seleccionar algunos de los clips. A gusto del consumidor. Todos los videoclips seguidos duran 84 minutos. Si se quieren ver fraccionados, estas serían mis sugerencias:

1) Para ver el montaje de Rafa Cortegana y el club Pueblo Nuevo, pinchar en la siguiente lista de reproducción:

https://www.youtube.com/playlist?list=PLaQTu6JfgDGh6RNbcgcX51WpMXZXL9j0G

2) Para ver sólo mi montaje personal (José Jiménez) con mis vídeos y mis fotos:

https://www.youtube.com/playlist?list=PLaQTu6JfgDGh2TO7tNAMsukM2yKk0HD4W

3) Para ver los vídeos separados:

- Viaje a París (Jose)
- Momentos previos de Rafa
- La PBP de Jose (SalidaKm 0-526, Km 526-867, Km 867-1167, Km 1163-1230)
- La PBP de Rafa (Km 0-526, Km 526-867, Km 867-1230)
- Gráfico de evolución de los ciclistas a lo largo de la ruta (Redes sociales)
- Montaje de fotos de la salida (Redes sociales)
- Montaje de fotos "Cuando el cansancio aprieta" (Redes Sociales)
- Montaje de fotos del GDC Pueblo Nuevo (varios autores)
- Montaje de fotos de José Jiménez 


Y a modo de crónica, a continuación relato mi experiencia...




MI CRÓNICA DE LA PARÍS-BREST-PARÍS 2015:

UN APRENDIZ DE RANDONNEUR

Los treinta ciclistas que nos adherimos a la expedición del GDC Pueblo Nuevo salimos en la madrugada del 14 de Agosto desde Madrid. Nos alojamos en un hotel de La Verriere, próximo a Saint Quentin en Yvelines, punto de partida de la prueba, y allí establecimos nuestra base de operaciones. El día 15 teníamos que pasar las obligatorias revisiones mecánicas (de luces básicamente) para que nos permitieran participar, y el día 16 tomábamos la salida en diferentes horarios, puesto que la Organización había dividido a los participantes en grupos de 500 ciclistas, que fueron sliendo escalonadamente en la tarde del día 16. Algunos ciclistas más salieron en la mañana del día 17. Estos eran los que se habían inscrito con un límite de 84 horas, frente a las 90 horas de la mayoría de nosotros.


En mi grupo estaban Kike, Noelia, David y Ricardo. Fuimos juntos durante el primer tramo de la prueba, hasta poco antes del primer control, situado en Mortagne Au Perche (km 144). Allí nos dispersamos porque cada uno tomó sus propias decisiones (comer, descansar, etc...). Era medianoche cuando salí de Mortagne en solitario, camino de Brest. No me importó pedalear solo porque la carretera estaba llena de lucecitas rojas que me guiaban. Fui alternando diferentes grupos, sin hablar demasiado con ellos. La noche no invitaba, y percibí algo de estrés en algunos. 

A las 3:45 h. estaba llegando a Villaines La Juhel, en el kilómetro 226, donde paré brevemente a comer (la comida que yo llevaba) y continué en solitario. 

A mitad de camino entre Villaines y Fougeres la temperatura se desplomó justo cuando empezaba a despuntar el alba y el sueño hizo acto de presencia. Llevaba ya demasiado tiempo rodando solo. Noté que empezaba a perder un poco el control y quería descansar, pero todavía faltaba bastante para la siguiente parada. En el momento en que más necesitaba un descanso, me topé con un garaje abierto, en el cual una familia con sus hijos estaba ofreciendo café y agua a los ciclistas. Me paré sin pensarlo. Me tomé un café largo, solo y sin azúcar, de un trago. Les dejé un eurito en el bote y salí de nuevo, un poco recuperado, aunque el sueño no tardó en regresar. 

En ese momento me di cuenta de que mi palanca de cambio de platos estaba muy dura. Me costaba muchísimo pasar a plato grande y tuve que detenerme varias veces para ver qué era lo que producía el atasco del cable. Finalmente me di cuenta. La camisa de plástico duro que encamina el cable por la funda se había partido. Seguramente ese fue el chasquido que oí el día anterior cuando saqué la bici de su embalaje de transporte, y que no había sabido identificar originalmente. El cable de acero entraba en ángulo recto en la funda que lo guiaba por el cuadro, lo cual había provocado que empezara a romperse. Aún le quedaba la mitad de los filamentos de acero, pero si seguía manipulando la palanca podría romperlo del todo, quedarme sin cambio y probablemente abandonar la prueba. Sin embargo, si no lo tocaba (es decir, si no cambiaba al plato grande), no lo estaría forzando, por lo que no debería pasar nada. Aún me quedaban 900 kilómetros de prueba. Hacerla íntegramente con el plato pequeño iba a ser duro. Pero no tenía otra opción. Me dispuse a seguir en esas condiciones.


Al no poder poner un desarrollo largo, fui bajando mi velocidad paulatinamente, hasta que me rebasó Joaquín Barradas, del Pueblo Nuevo. Esto me despertó de repente, cambié de ritmo y me puse a seguirlo. Fuimos charlando un rato, lo que me sentó muy bien, hasta el siguiente control.

En Fougeres aproveché para desayunar bien. En el restaurante coincidí con José María Benayas, José Manuel Andrey, Susana y Andrés (Ciclowork), y charlé un poco con ellos. También estaban un poco tocados por el sueño, pero reemprendieron la marcha antes que yo. Aunque paré más de lo que tenía pensado, estuvo dentro de lo razonable. Al salir de Fougeres coincidí con el grupo de valencianos de la Peña Ciclista Massamagrell, (reconocidos randonneurs, de los mejores de España, y entre ellos Jordi López, de la Ciclolista, que me reconoció y me saludó) y con Eduardo Montalvillo, del CC Rivas, con quien fui charlando un buen rato.

El tramo entre Fougeres y Tinteniac es uno de los más fáciles y cortos de la ruta, con sólo 54 km, por lo que llegué a una hora perfecta para comer. Pero en lugar de sentarme en un comedor, preferí comer un bocadillo en el césped. El control estaba saturado de ciclistas y curiosos. Un americano de Seattle se sentó al lado y estuvo charlando un poco conmigo. Vi llegar y salir a varios grupos de españoles, y no tardé mucho en salir.

De nuevo en marcha, ya llevaba 363 kilómetros de ruta, acababa de desayunar y tenía todo el día para avanzar lo máximo posible. Inicialmente había pensado intentar llegar a Carhaix, en el kilómetro 526, pero no sabía si iba a ser capaz de hacerlo o no. 


Como segunda opción tenía la posibilidad de quedarme en Loudeac, en el kilómetro 450, pero parecía demasiado pronto, porque me pillaría a media tarde. De momento, tenía que seguir. En Loudeac me senté a cenar. Seguía rodando en solitario, con compañía esporádica de los ciclistas que iba encontrando por el camino. Pero los acontecimientos cambiaron de improviso. 

En el comedor me encontré con mi amigo Javier Arias, del Pakefte, el viejo compañero de la Londres Edimburgo Londres 2013. Estaba con dos compañeros ingleses, que lo iban acompañando puesto que Javier acababa de recuperarse de una grave caída en la que se había roto el fémur. Una recuperación en tiempo récord, que le había llegado a homologar su participación en la PBP a base de realizar tres pruebas de 600 kilómetros en tres semanas consecutivas, porque la mayoría de las brevets clasificatorias ya se habían celebrado mientras él estaba convaleciente de su operación, y si quería venir a la París-Brest-París, sólo le quedaba la posibilidad de realizar las últimas del calendario, todas ellas de 600 kilómetros. Una hazaña impresionante. Y además, había tomado la salida dos horas más tarde que yo, pero me alcanzó en algo menos de 500 kilómetros.

El caso es que Javier se había dejado llevar por sus compañeros y, según decía, estaba rodando por encima de sus posibilidades, así que me ofreció la posibilidad de quedarse conmigo, y así sus compañeros podrían adelantarse para ir a su ritmo, más alto que el mío. Pero eso sería en la segunda jornada. Todavía teníamos que llegar a Carhaix. Quedamos en vernos en el siguiente control, porque yo ya salía. Todavía no se había puesto el sol cuando tomé el camino de Carhaix, donde llegué cerca de la medianoche. Habían sido 526 kilómetros en 30 horas, con paradas incluidas. Me encontré con Javier en la cola para pedir cama. No estaba mal, teníamos un buen margen para descansar casi cinco horitas. 

Como el club Pueblo Nuevo llevaba un par de vehículos de apoyo, yo había aprovechado para dejar unas bolsas con ropa y comida por si las necesitaba. Y en este punto me vinieron muy bien. Allí estaba Cristina, con el coche que nos había cedido la Federación Madrileña de Ciclismo. Aproveché para coger ropa limpia y mi bolsa de aseo, dejando la ropa usada en la bolsa. Cogí las suficientes cosas para llevar en la bici (en mi bolsa trasera) en caso de que no volviera a utilizar los coches de apoyo, como así fue.

Una buena ducha y una camilla plegable (había cientos de camillas formando hileras en medio del polideportivo) me sentaron mejor que una habitación de hotel de cuatro estrellas.


El día 18 amaneció muy frío y brumoso. A las 5:30 h. de la mañana nos dispusimos a salir. En el camino nos encontramos con Ricardo Agudo, del club Pueblo Nuevo, y con una pareja de Barcelona. Nos cruzamos con Roberto Fernández, el reclinado del Pakefte, que ya estaba de vuelta. Nos sacaba 3 ó 4 horas de ventaja. Llegamos a Brest varios ciclistas juntos, con muy buen humor, tras hacernos las típicas fotos en el puente. Yo seguía con la avería del cambio, sin poder usar el plato grande, a base de pedalear con mayor cadencia. Javier tuvo un gran gesto, y es que mientras yo estaba organizándome con la cámara de vídeo, el selllado, la comida, etc... él localizó el punto de asistencia mecánica y llevó mi bici para reparar el cable del cambio. Lo hicieron bastante rápido y mi problema quedó resuelto. Volví a tener una bicicleta operativa, después de haber estado usando sólo el plato pequeño durante 300 kilómetros.



Ricardo, Javier y yo salimos de Brest a media mañana, con la sensación positiva de que ahora sólo quedaba ir descontando kilómetros. Sin embargo, entramos en una fase de pedaleo cansino, más lento de lo deseable. Era raro, porque no es que sintiéramos ningún bajón físico, pero quizá nos habíamos dejado llevar por la pereza. Ricardo decidió detenerse a descansar un poco y Javier y yo seguimos hasta el control. En Carhaix analizamos la situación, nos dimos cuenta de que estábamos perdiendo demasiado tiempo y decidimos subir el ritmo. Queríamos llegar a dormir a Tintèniac, en el kilómetro 867, lo que suponía que en esta segunda jornada íbamos a hacer una "brevet" de 350 kilómetros aproximadamente. Teníamos que apresurarnos si queríamos dormir algo, porque todas las cuentas nos decían que llegaríamos bien entrada la madrugada.

El siguiente tramo, hasta Loudeac, lo hicimos a un ritmo mucho más vivo. Cenamos allí, bastante más satisfechos de como estábamos rodando, y nos encontramos con David, Marcin y Agustín, nuestros compañeros del Pakefte. Fue un encuentro alegre, después de 780 kilómetros, pero tampoco era garantía para formar grupo, puesto que cada uno tenía su ritmo y sus costumbres.

Esbozamos el mismo plan para todos, ya que teníamos intención de dormir en Tintèniac y hacer 300 kilómetros más en la tercera jornada, hasta Dreux. Acordamos que en esos dos puntos en que pensábamos pernoctar podríamos quedar a las 7:00 h para agruparnos. Así, en caso de que alguno llegara más tarde que los demás, tendría un posible punto de encuentro para volver a estar juntos. Simplemente dormiría un poco menos. Salimos de Loudeac cuando ya era noche cerrada, bastante contentos de cómo se estaba desarrollando esta etapa. Habíamos recuperado el tiempo que perdimos por la mañana, pero sobre todo nos encontrábamos muy motivados y animados. Aun así, nos quedaba una tirada de 85 kilómetros para llegar a Tintèniac esa misma noche. Al final llegamos juntos Javier, Marcin y yo a las 2:00 h de la madrugada. Había cola para pedir cama, lo cual nos retrasó media hora, pero finalmente me asignaron una habitación. Era una especie de albergue estudiantil, con instalaciones muy bien dotadas. Me duché y me dispuse a dormir cuatro horas, aunque aquí no hice uso del coche de apoyo. Tuve que secarme con el maillot de manga larga que me había quitado pero me puse ropa limpia y me sentí nuevo. Dormí con el culotte y maillot que usaría al día siguiente (bueno, casi 4 horitas más tarde...)




Por la mañana nos encontramos en el desayuno con David y Agustín. Salimos todos juntos camino de Fougeres, en el kilómetro 921, donde nos dimos un buen homenaje en forma de desayuno. Ya empezábamos a vislumbrar la parte final de la prueba y el cansancio era más que llevadero. Me sentía francamente bien. En el siguiente tramo fuimos formando grupetas de ciclistas de distintos países, en las que frecuentemente nosotros llevábamos la cabeza. Hablé un buen rato con un italiano de Milán, rodamos con la grupeta de Ciclowork (Andrés, Susana, Benayas y Andrey) y con un grupo de vascos, pero al final los grupos se fueron parando en diferentes sitios y el pelotón se redujo llegando a Villaines. Marcin, Javier y yo paramos un buen rato para comer allí, a eso de las 15 h., cuando se estaba celebrando una fiesta y todo el pueblo estaba en la calle. Había música, adornos, grupos de niños disfrazados, etc... En el comedor me dieron preferencia para entrar, por delante de una comitiva donde parecía estar el alcalde. Unos señores y señoras bien vestidos se apartaron amablemente indicándome que pasara por delante de ellos, y un niño de unos 6 añitos vino presuroso para ayudarme a llevar el casco mientras pedía la comida. Bonitos detalles. Sin duda, Villaines la Juhel es el lugar donde más se celebra la PBP y donde más se agasaja a los ciclistas. Acabábamos de superar el kilómetro 1000 de nuestra ruta, lo cual también es un impulso psicológico, pero aún teníamos dos tramos más en el día, para llegar a Dreux a dormir. 

Eran las 16 h aproximadamente. Nos quedaban unos 160 kilómetros hasta Dreux, donde teníamos previsto llegar sobre la medianoche. Camino de Mortagne Au Perche, empecé a pedalear con viveza, pero Javier y Marcin iban más fuertes que yo, y no tardaron en dejarme un poco atrás, cada vez más frecuentemente. Forcé algo más de lo debido y eso hizo que en esta parte del recorrido se me agotaran las fuerzas antes de lo normal. En el ciclismo de larga distancia hay que aprender a vivir "al día" energéticamente, es decir, no puedes pensar en que una "carga de hidratos" previa a la prueba te vaya a durar eternamente, a lo sumo unas horas, por lo que hay que ir comiendo y bebiendo lo que vas a necesitar en el siguiente tramo. Si en algún punto te falta alimentación y fuerzas el ritmo, lo vas a pagar kiómetros después, porque no hay reservas de las que tirar. Eso me pasó en este tramo, lo cual, combinado con el sueño que se iba acumulando a estas alturas de la prueba, me puso en riesgo de sufrir una pájara. Marcin se fue por delante y Javier se quedó conmigo. Cuando se dio cuenta de que estaba empezando a sufrir mi pequeña crisis, Javier me ofreció un sobre de gel con cafeína, que acepté (no podía hacer otra cosa, me lo endosó sin opción a negativa ¡y me lo dio ya abierto y preparado para consumir!). La verdad es que fue mano de santo. Al poco tiempo recuperé la viveza de pedaleo y la velocidad media subió. Se lo agradecí. Muchas veces los demás ven más que uno mismo, y Javier me salvó de un posible desfallecimiento en el momento justo.



Al final llegamos a Mortagne, en el kilómetro 1090, Javier y yo. Nos encontramos con varios ciclistas del GDC Pueblo Nuevo, además de Marcin, David y Agustín. Se me estaban agotando las pilas del GPS y me compré unas en el control. Estuvimos exactamente 30 minutos parados y de allí salimos hacia Dreux. Teníamos 75 kilómetros por delante. En algún punto cerca del final de esta etapa me empezó a fallar el GPS. Las pilas "nuevas" no me habían durado ni tres horas. En ese momento me acordé de la señora de la tienda de Mortagne Au Perche y anoté mentalmente... "¡Nunca más comprar pilas en un control!". Quería registrar bien la ruta, por lo que esto era un buen contratiempo. Aunque llevaba dinamo, no me funcionaba bien el cable para cargar los dispositivos. Necesitaba echarle un vistazo y dejé que mis compañeros se fueran por delante mientras me paraba en un pueblo, a la luz de unas farolas, para tratar de solucionar el problema. Al final conseguí que el cable funcionara, pero había perdido 15 minutos. Afronté el final de la etapa en solitario.


Cuando llegué a Dreux eran las 00:40 h. Me dijeron que David había decidido seguir hasta París. Al fin y al cabo, estábamos a sólo 60 kilómetros de la meta. La teníamos a tiro para acabar la prueba esa misma noche. Pero algo nos decía que no nos iba a gustar entrar en meta de madrugada. Preferíamos dormir un poco y salir al amanecer, pensando en una "entrada triunfal" a media mañana, y por eso nos quedamos a descansar en Dreux. Efectivamente, David llegó a Meta de madrugada, pero tenía a su chica esperándolo, y ese es un acicate fácil de comprender. Tardé en organizar mi logística, porque tenía intención de ducharme, pero aquí no fue posible. Había colas por todas partes. El comedor era impresionante y para dormir ya no había sitio en las camillas plegables, así que me asignaron un "espacio" en el suelo (una especie de tatami) de una nave inmensa. Javier sí consiguió una "cama", pero Marcin se vino a la habitación del tatami. Esta fue la peor noche. Estuve tumbado algo más de 4 horas pero no conseguí dormir bien, me desperté muchas veces, el suelo era incómodo y no sabía cómo poner la cabeza. 




A las 6:00 h me levanté, eché un vistazo por los alrededores y viví algunos de mis momentos más místicos en esta prueba. Simplemente estuve observando un rato, caminé por los jardines entre cientos (¿miles?) de bicicletas tiradas por todas partes y grabé algunas escenas con mi cámara mientras disfrutaba el momento bajo la lluvia. Puede parecer extraño, pero hay momentos en que un randonneur llega a obtener una felicidad difícil de explicar, en la que se mezcla el esfuerzo, el cansancio, el objetivo compartido con muchos y la satisfacción del reto superado. Estaba lloviendo. Las luces del alba empezaban a despuntar en el horizonte. Había un enorme trasiego de ciclistas que entraban y salían a las instalaciones deportivas. Estábamos en un sitio grandísimo, con pistas de atletismo, campos de fútbol y pabellones con varias canchas deportivas dentro. Todo estaba lleno de gente. En el restaurante, largas filas de mesas con ciclistas desayunando, muchos durmiendo sobre la mesa o acurrucados en rincones para "romper" el sueño aunque fuera unos minutos o un par de horas y seguir... La lluvia, los ciclistas con chubasqueros (con ese típico sonido que hace el rozar de la tela de chubasquero al moverse), el sonido de las ruedas pisando el suelo mojado... esta es la estampa del ciclismo randonneur más típico, que por suerte sólo tuvimos que ver el último día, porque hasta entonces no había llovido en esta edición de la París-Brest-París.

Nos costó agruparnos porque la lluvia arreció cuando nos disponíamos a salir, a eso de las 7:00 AM, como habíamos previsto, y todo era muy confuso. Una columna de miles de ciclistas, todos vestidos de color verde fosforito y tintineantes luces rojas traseras se dirigía hacia el horizonte, como un ejército interminable en pos de la victoria. Difícil orientarse y localizar a los compañeros. Nos encontramos Agustín, Javier y yo, pero no localizamos a Marcin. Salimos los tres, y al poco tiempo los perdí de vista. Creía que Agus y Javier iban por delante y empecé a acelerar, adelantando grupos a toda velocidad, hasta que me di cuenta de que no podían haberme sacado tanto tiempo. Así que me paré, aprovechando para hacer unas tomas de vídeo, y al poco rato los volví a ver. Ya no nos separamos hasta meta. Los últimos 50 kilómetros fueron un regalo. Los hicimos relajados, contentos por ver que nuestro objetivo se iba a cumplir. Tenía margen para llegar hasta las 12 del mediodía. En mi estudio previo había diseñado un plan para llegar a la meta de Saint Quentin sobre las 10:30 h. Llegados a este punto, cuando nos faltaban 10 kilómetros para meta, lo estaba clavando. Me parecía increíble llegar a ser así de preciso, después de tantos kilómetros y tantas situaciones, pero lo iba a cumplir a rajatabla... si no fuera porque ahí estaba Agus con su factor inesperado, y es que pinchó prácticamente en la recta final, a dos kilómetros de meta. Nos lo tomamos con mucho sentido del humor y fue realmente divertido. Mientras Agus reparaba su pinchazo (se tomó su tiempo), yo saqué fotos y vídeos de los ciclistas que nos iban pasando. La frase más escuchada era "Oh my god!!". Una pequeña anécdota que nos llevó a entrar en meta finalmente a las 10:50 h, veinte minutos más tarde de lo previsto en mi matemático plan, con algo más de una hora de margen sobre mi cierre de control.



Más allá del tiempo empleado, ha sido una experiencia fantástica, por la mezcla cultural, por el calor de la gente por todos los pueblecitos que pasábamos, por la logística que supone un evento tan grande como este y por la satisfacción que queda cuando uno consigue superar un reto que se había propuesto hace tantos años. Por todo ello, estoy satisfecho y contento de haber participado en esta París-Brest-París 2015.

Y mis números, para tenerlos registrados y recordarlos en el futuro, por si ayudan en la planificación de alguien:





Enlaces a la ruta recogida en Strava:

PBP2015_Jornada1 - Saint Quentin-Carhaix (km 0-526)
PBP2015_Jornada2 - Carhaix-Tinteniac (km 526-867)
PBP2015_Jornada3 - Tinteniac-Dreux (km 867-1167)
PBP2015_Jornada4 - Dreux-Saint Quentin (km 1167-1230)


Todas mis fotos de la PBP2015 pueden verse aquí:
https://picasaweb.google.com/107800590932972178412/20150823_Paris_Brest_Paris

20150823_Paris_Brest_Paris

viernes, 31 de julio de 2015

Planificando la París-Brest-París

Faltan dos semanas para la gran cita que hemos estado esperando los ciclistas de ultrafondo durante los últimos cuatro años. Es el momento de planificar la logística, equipaje y gestión de los tiempos necesarios para descansar, comer, etc...

El objetivo es completar los 1230 kilómetros de distancia en menos de 90 horas, pasando por los 14 controles oficiales distribuidos a lo largo de la ruta, más un par de controles secretos que dispondrá la Organización en algún lugar del recorrido. El recorrido es de ida y vuelta París - Brest, con ligeras variantes en cada sentido en algunos puntos de la ruta. Todos los ciclistas salimos del velódromo de Saint Quentin en Yvelines con horarios de salida diferentes, por lo que tenemos diferentes horarios límite de paso por los controles.




Para el seguimiento de los ciclistas, la Organización proporciona esta página, en la que se puede introducir el número de dorsal para saber qué controles ha pasado en cada momento:



Para los aficionados a los datos, estas son las etapas detalladas:
Control Ciudad Distancia Distancia Acumulada Desnivel acumulado
Salida Saint-Quentin 0 0 0
Stage 1 Mortagne 140 140 1244
Stage 2 Villaines 80 220 848
Stage 3 Fougères 89 309 768
Stage 4 Tinténiac 54 363 471
Stage 5 Loudéac 85 448 782
Stage 6 Carhaix 78 526 752
Stage 7 Brest 89 615 961
Stage 8 Carhaix 84 699 1007
Stage 9 Loudéac 83 782 824
Stage 10 Tinténiac 85 867 735
Stage 11 Fougères 54 921 414
Stage 12 Villaines 89 1010 866
Stage 13 Mortagne 80 1090 768
Stage 14 Dreux 77 1167 617
Stage 15 Saint-Quentin 63 1230 479
Totales
1230
11536

sábado, 20 de junio de 2015

Brevet de 600 km: Burdeos-Atienza. A merced de los elementos

Videocrónica de la Brevet:

 

Y a continuación, el relato completo...


Como aquel reducto de galos que resistían al imperio romano, un grupo de 19 aguerridos ciclistas dos disponíamos a afrontar la aventura Burdeos-Madrid, con el único temor de que el cielo se desplomara sobre nuestras cabezas. Era época de tormentas y ya en el viaje de ida a Burdeos, en autobús, sufrimos una impresionante tormenta, justo antes de cruzar la frontera de Irún.



La llegada a Sainte Eulalie, un pueblecito al noreste de Burdeos, fue muy bonita. Los vecinos nos recibieron con los brazos abiertos y nos alojaron en sus casas. Nos invitaron a una cena opípara, con vinos y quesos de la tierra, pasta y carne "a point". El alcalde nos dedicó unas palabras de bienvenida y nos entregó los carnets de ruta, deseándonos suerte para el camino que afrontaríamos al día siguiente. 



A las 5:30 estábamos de nuevo en la "Salle des Fêtes", desayunando tartas de manzana y de queso, fruta, croissants y otras viandas. De momento, la experiencia continuaba siendo más gastronómica que deportiva. Nos hicimos la foto oficial de la salida en la puerta del ayuntamiento e iniciamos la gran aventura, precedidos por el coche de unos vecinos que se ofrecieron a llevarnos los primeros 20 kilómetros, hasta la salida a terreno abierto.


Así comenzábamos nuestra cabalgada hacia España. Cruzamos el río Garona y circulábamos en pelotón, a buen ritmo. Casi 300 kilometros discurrirían por terreno francés, atravesando la comarca de las Landas, una larguísima planicie casi al nivel del mar, impregnada de una humedad que nos hacía tener una permanente sensación de bochorno. Bebiendo con frecuencia para evitar la deshidratación, los kilómetros fueron pasando sin mucha historia. Algún pinchazo y algún despiste provocaron pequeñas divisiones del grupo. La más grave fue sufrida por Bienvenido, que perdió contacto con el grupo por dos pinchazos consecutivos, lo que le llevó a rodar en solitario gran parte del día, sólo acompañado por Angel.









A los 90 km de ruta llegó la primera parada para desayunar, pero Marcin y yo decidimos irnos por delante. No queríamos perder demasiado tiempo en paradas. Con nosotros se vino Diego Villas. Nuestra idea era llegar hasta Calahorra, en el km 410, alrededor de la medianoche. Paramos a comer cerca del mediodía en el primer control, Tartas, donde nos tomamos un rico filete de pato con pasta cocida. Cuando estábamos terminando, llegó el grupo principal. Otra de las causas de pérdida de tiempo son los grupos numerosos, porque necesariamente tardan más en ser servidos, en pagar, etc... En el trío de cabeza rodábamos en buena sintonía, y los kilómetros seguían cayendo. El segundo control, Lantabat, era un pueblecito minúsculo, donde no había nada abierto. No pudimos encontrar dónde poner el sello, así que nos hicimos unas fotos en el cartel de entrada al pueblo. 





No es fácil repostar agua en Francia. En España estamos acostumbrados a encontrar agua en fuentes, disponibles prácticamente en todos los pueblos. Pero especialmente en la zona que estábamos atravesando de los Pirineos Atlánticos de Francia, en pleno País Vasco francés, el concepto de pueblo se reduce a la mínima expresión. Las fuentes no existen y no es fácil cruzarse con alguien o encontrar una casa abierta. Sin embargo, descubrimos que en todos los pueblos había cementerios junto a las iglesias, y estos suelen tener una toma de agua para que los visitantes puedan poner agua en las flores. Así es como localizamos el grifo del cementerio de Lantabat, y pudimos repostar nuestros bidones. ¡Brillante!

Comenzábamos la subida a Palombiere. Yo sabía que era el más débil de los tres, y así quedó constatado cuando empezaron los repechones, algunos con más del 15% de desnivel, hasta que alcanzamos la cota de este puerto, no demasiado largo, en medio de un precioso bosque prepirenaico. El cielo se estaba poniendo cada vez más gris. Hasta ese punto nos había caído algún chubasco, pero conseguimos esquivar bastante bien las tormentas hasta que llegamos a uno de los hitos principales de la ruta, Saint Jean Pied de Port, punto de partida de muchas peregrinaciones a Santiago. Allí empezó a llover con más seriedad. A la salida del pueblo comenzaba la subida a los Pirineos, y la lluvia arreció, convirtiéndose en una tormenta en toda regla. Nos protegimos como pudimos, pero no podíamos parar porque el tiempo corría en contra, y mirando al horizonte no veíamos expectativas de mejoría. Así que nos pusimos a subir, en medio de un concierto de truenos, con ríos de agua corriendo por la carretera. Afortunadamente, la intensidad de la lluvia fue decreciendo a medida que ascendíamos, ya en terreno español. Diego y Marcin se fueron por delante, mientras yo ascendía lentamente. Lo mío no son las subidas. 

Muchas curvas después, seguía lloviendo cuando coroné el puerto de Roncesvalles y me dejé caer hasta el pueblo. Diego y Marcin estaban esperando en una cafetería, donde nos tomamos un rico café con leche y bollos. Llevábamos 300 kilómetros, eran las 20:30 h. y nos quedaban unos 75 km para el control de Artajona. Habíamos acumulado un retraso de casi dos horas sobre el tiempo que habíamos previsto por la mañana. No había tiempo que perder.

Nos lanzamos al descenso con cuidado, porque el piso seguía mojado y la lluvia no cesaba. Marcin y Diego iban más fuertes que yo, pero me esperaban en los repechos y conseguimos llegar a Artajona aproximadamente a las 12 de la noche. El restaurante estaba todavía abierto, por lo que pudimos cenar. Marcin y Diego seguirían su ruta camino de Calahorra, donde tenían reservas en un hotel. Podían llegar a las 2:00 h. Yo decidí que me quedaría en Artajona, para no frenarlos, porque los ciclistas que venían por detrás tendrían que salir a las 6 de la mañana, y yo podría descansar 4 ó 5 horas hasta ese momento.




Monté un tenderete de ropa mojada junto al radiador de mi habitación y me dormí a eso de la 1:15 h. A las 3 de la madrugada escuché ruidos, por la llegada de un grupo de ciclistas, y antes de las 6 ya estaba preparado para salir de nuevo, cuando entró un mensaje de Angel, que estaba en la puerta del hostal. Bajé para abrirle. Llevaba toda la noche rodando y había sufrido un par de confusiones que le habían llevado a hacer 50 kilómetros de más, con varias subidas gratuitas. Aun así, estaba dispuesto a salir sin dormir. No tenía comida, por lo que le di uno de mis bocadillos y un plátano. Se tumbó a descansar unos minutos, mientras yo intentaba sacar mi bici. Para mi desgracia, todo estaba cerrado y no podía acceder al garaje. Así estuve más de una hora, esperando hasta que apareció el dueño. Desayunamos para intentar salir lo más rápido posible. En ese momento aparecieron Andrey, Benayas, Andrés y Susana, el grupo de ciclistas que llegó a las 3 h, y que habían descansado al menos 3 horitas.

Angel y yo salimos de Artajona dispuestos a hacer esta segunda jornada juntos. Con bastante retraso sobre nuestras expectativas, comenzó la segunda etapa a las 7:30 h. El tiempo empezaba a apremiar. El próximo control estaba en Villar del Río, provincia de Soria, a las 13:52 h. Eran 105 kms para recorrer en 6 horas, pero el cansancio se iba acumulando, Angel no había dormido nada y el terreno picaba para arriba. Estábamos a 300 metros de altitud y teníamos que subir a 1000 m. Pasamos por Calahorra y Arnedo sin parar, pero después empezamos a flaquear y tuvimos que detenernos en el pequeño pueblo de Herce, donde encontramos una pequeña tienda-panadería. Compramos algo de bebida y comida, y repusimos fuerzas en la pequeña plaza.


El puerto de Oncala es larguísimo. El terreno no para de subir desde Calahorra, pero la subida se hace más perceptible a partir de Villar del Río, ya en la provincia de Soria. El límite entre La Rioja y Soria, entre los pintorescos pueblos de Enciso y Yanguas, es un terreno precioso de montaña, muy sinuoso, que discurre por el curso alto del río Cidacos. Disfrutamos mucho de este tramo, si no fuera por los baches y la arena esparcida sobre él. Nos tomamos unas hamburguesas y estuvimos algo más de media hora en Villar del Río. El grupo de Benayas llegó cuando nosotros estábamos saliendo.

Aquí comenzaban las rampas más duras del puerto de Oncala, que hicimos con bastante dignidad, recuperados tras la comida. A 1453 metros de altitud coronamos el puerto, con la alegría de saber que habíamos superado el terreno más difícil. 







Pero apenas llevábamos margen para llegar a los controles. Parecía que habíamos dejado atrás las lluvias, pero en ese momento empezó a arreciar el viento en contra, que soplaba del suroeste. Preocupados por las tormentas, no nos habíamos acordado del viento, que ahora se convirtió en el nuevo enemigo de nuestra ruta. Sólo teníamos 20 minutos de sobra. Nos lanzamos hacia abajo con fuerza y pasamos por los siguientes controles, de Garray y Quintana Redonda, con los mismos 20 minutos de margen. Lo que ganábamos en ruta lo perdíamos en las paradas. Tuvimos que hacer una parada extra en la gasolinera de Almazán, para comer algo porque las fuerzas comenzaban a fallar y me preocupaba la subida a los Altos de Barahona.

Íbamos controlando todo el rato. Nos quedaban 50 kilómetros, eran las 19:30 h y teníamos que llegar a Atienza antes de las 22 h. Es decir, teníamos que mantener un promedio de 20 km/h, teniendo en cuenta que antes había que subir a Barahona con todo lo que llevábamos acumulado. No había margen ni siquiera para un pinchazo.

Efectivamente, la subida se hizo penosa, pero manteníamos el margen para el cierre de control. Unos kilómetros más adelante, cuando tratábamos de rodar rápido por las vaguadas de Villasayas, nos encontramos con José María Campos, que había abandonado por lesión y se había adelantado en coche para ayudar. Nos ofreció un sandwich al vuelo, pero no pude aceptarlo porque acababa de comer uno en Almazán, y no había tiempo que perder. 

Cuando vimos aparecer la silueta del castillo de Atienza en la distancia nos dio un subidón. Nos quedaban 3 kilómetros a falta de 15 minutos para el cierre de control. Entramos en el restaurante de Atienza cuando eran las 21:57 h. por mi reloj. ¡¡Prueba superada!!


Ha sido la brevet más apurada que he realizado hasta ahora, pero ha tenido mucho mérito porque tenía un desnivel acumulado de casi 7000 metros, endurecido por las tormentas, la lluvia y el viento en contra. Pero si no hubiera estado parado casi 8 horas en Artajona, la habría terminado con un margen más que suficiente para haber disfrutado un poco más. La estrategia del primer día fue acertada, con muy poco tiempo perdido en paradas, pero el segundo día fue bastante peor, especialmente por la salida tardía del hostal. 

Interesante experiencia para apuntar en la libreta de las lecciones aprendidas.

Hay tantos agradecimientos que poner, que muchos se quedarán en el tintero, pero no quiero dejar de mencionar algunos:

- A Ángel Peinado, mi compañero de ruta desde Artajona, un chaval impresionante y fortísimo, que llevaba 50 kilómetros de más y ni siquiera paró a dormir.
- A Marcin y Diego, mis compañeros de ruta entre Tartas y Artajona, ayudándome a superar los puertos pirenaicos.
- A José María Benayas, por haber organizado una prueba ciclista preciosa, con un formato tan original.
- Al pueblo de Sainte Eulalie, por su gran hospitalidad. Especialmente a André, un francés jubilado de origen español, que nos acogió en su precioso chalet.
- A toda la familia del ciclismo randonneur, por enseñarme día a día a ser más luchador y resistente.

Y no quiero dejar de mencionar, antes de acabar esta crónica, a uno de los compañeros de ruta, Bienvenido Camacho, un auténtico randonneur de La Solana, Ciudad Real. Se había presentado en Madrid después de venir en bicicleta desde su pueblo, y una vez terminada la brevet, continuó pedaleando desde Atienza hasta La Solana, para completar más de 1200 kilómetros. ¡¡El doble que los demás!!

Con mis mejores deseos y ánimos para otro compañero, Paco el Americano, un histórico randonneur con el que he coincidido en muchas brevets, que sufrió un grave accidente cuando entrenaba por Madrid hace pocos días. Espero que se pueda recuperar pronto.







jueves, 14 de mayo de 2015

Brevet de 400 km - Algete-Almazán - 9 de Mayo de 2015

Entramos en la fase más intensa de preparación para la París-Brest-París, con la celebración de las brevets más críticas. La distancia de 400 kilómetros suele considerarse un verdadero reto, porque es la más larga que se hace habitualmente sin un breve descanso para dormir.

Las brevets de 600 kilómetros se suelen dividir en dos etapas con un descanso para dormir, aunque sea sólo 3 ó 4 horas. Sin embargo, una brevet de 400 kilómetros realizada a un ritmo sostenido y sumando las paradas necesarias, se alarga prácticamente durante un día completo, incluida la noche. Esto es aún más duro en aquellas que comienzan por la tarde. Por suerte, no era el caso. 


A las 6:00 h. de la mañana dio comienzo la Brevet. En este caso, la presencia de varios compañeros del Pakefte nos hizo tomarnos la ruta con tranquilidad, pensando en rodar en grupo, haciendo paradas cortas. En el camino nos iban adelantando algunos grupos, pero en las paradas los adelantábamos nosotros, optimizando el tiempo para sellar los carnets de rutas, comer algo, cambiarse de ropa si fuera necesario, etc...




Amaneció muy pronto. Se notaba la llegada del verano y una buena temperatura que, temíamos, podría convertirse en calurosa a mediodía. Pero una ligera brisa y algunas nubes impidieron que la temperatura se elevara demasiado. 


La verdad es que fue un día fantástico para el ciclismo, y apenas hubo que abrigarse un poco cuando la noche se cerró sobre el valle del Tajuña, en los últimos 100 kilómetros de ruta.

Llejamos al primer control, en  Jadraque, formando parte de un grupo bastante numeroso, con el grueso de los ciclistas del GDC Pueblo Nuevo. De allí salimos Agustín, Antonio y yo (José) un poco antes que los demás. En la zona de meseta llegando a Atienza nos adelantaron, pero nosotros hicimos una parada más rápida, aprovechando para repostar en la fuente de Atienza, y volvimos a salir antes. 



El tramo de Atienza a Berlanga de Duero fue una auténtica delicia cicloturista. Había pasado dos veces en mi vida por allí, pero siempre de noche. Esta vez tuve la oportunidad de disfrutar de preciosas vistas de Atienza y de las masas de rocas calizas en los cerros próximos, plagados de toboganes que de día se hacían más duros. Los buitres estaban encaramados en las rocas más altas, supongo que a esas horas y en ese sitio no había corrientes térmicas de esas que les hacen planear durante largo tiempo.

Llegamos a Berlanga de Duero, en el kilómetro 160, donde hicimos parada oficial para comernos un bocadillo de jamón con tomate, y seguimos hacia Almazán, por un tramo de muy buena carretera, llano con ligera tendencia descendente y algo de viento trasero. Volamos por la ribera del Duero.




Desde Almazán (kilómetro 190) iniciábamos la subida a los Altos de Baraona, un tramo largo y pestoso, con inacabables rampas de escasa pendiente. Paramos en la fuente de Baraona, un lugar tradicional, donde volvimos a encontrarnos con el grupo principal del Pueblo Nuevo. 

El terreno hasta Sigüenza era favorable, pero Antonio sufrió un pequeño bajón que le obligó a descansar un poco. Se recuperó en la Churrería Irene, otro de los lugares de parada obligatoria, donde ¿cómo no? también estaban todos los de Pueblo Nuevo y nuestro compañero Juan, que sabía que pasaríamos por allí y vino a acompañarnos un rato, aprovechando para sacarnos unas estupendas fotos. 




Acabamos con las existencias de empanada y aprovechamos para descansar algo más de tiempo de lo debido, gracias al pinchazo de la rueda trasera de Agus. A partir de aquí formamos un grupito de cuatro, muy bien avenido. 

La tarde se echaba encima y empezaba a refrescar, pero todavía teníamos luz suficiente para llegar al siguiente control, en Masegoso de Tajuña (kilómetro 288). La subida desde el río Dulce hasta el cruce de la A-2, en las inmediaciones de Mirabueno, nos regaló espléndidas vistas del valle, iluminado por esa luz vespertina, casi horizontal, que aviva la luminosidad del paisaje y realza las fotografías. Pero no teníamos tiempo para detenernos a apreciarlo. Queríamos llegar al control antes de que anocheciera.

En el restaurante de Masegoso tuvimos que hacer una parada algo más larga de lo normal para recuperarnos del cansancio acumulado, que ya era importante. 


A la salida tuvimos que vestirnos con toda la ropa de abrigo, manguitos, perneras, chaleco y guantes largos. La temperatura bajaba rápidamente por el valle del Tajuña. Estábamos a 112 kilómetros de meta todavía, cuando se hizo noche cerrada.

Pusimos un ritmo cómodo para todos y nos dejamos llevar. La ausencia de viento en esa zona se agradece mucho, porque lo habitual es encontrarnos con viento en contra, encajonado por el valle. Pero la madrugada suele traer una pequeña tregua en el viento, y la disfrutamos bastante. Nunca había pasado por el valle del Tajuña de noche. Volvimos a pasar por ese pueblecito de casas excavadas en cuevas, con ventanas por las que se apreciaban unas tenues luces rojizas.

Paramos en la tradicional fuente de Armuña de Tajuña cerca de la medianoche, donde nos rodeó un grupo de niños que jugaban en las calles, asombrados por el paso de tantos ciclistas. Nos miraban boquiabiertos cuando les contábamos que todavía nos quedaban 60 kilómetros para llegar a meta, y que ya habíamos recorrido 340.

El resto del camino no tuvo mucha historia, la típica subida a Pozo de Guadalajara, que hicimos al tran tran, seguida del Gurugú y el infierno de rotondas y carreteras desdobladas por la circunvalación de Alcalá de Henares para llegar a Daganzo, donde había varios grupos de jóvenes de fiesta, y Cobeña, donde parecía haber una macrofiesta con música machacona que se oía en varios kilómetros a la redonda. 

Desde la Meta de Algete todavía se oía la música de Cobeña cuando eran las 3:40 h. de la madrugada y completamos los 400 kilómetros de la prueba.

"Y muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía todavía escuchaba la música de Cobeña..." ¡¡Ah, no!! ¡¡Que esto no es de esta crónica!! Lo de ésta fue algo más de 18 horas para recorrer 401 kilómetros con 3627 metros de desnivel acumulado, y algo más de 3 horas de paradas. Fue una jornada de randonneurismo como las de antaño, y la disfruté de verdad.