lunes, 30 de mayo de 2011

Personas en bicicleta con una raya blanca dibujada en los ojos (o crónica del 600 de Salamanca)

Cuando uno se tira dos días enteros montado en bicicleta haciendo 600 kilómetros, uno pasa buena parte del día mirando al suelo, allí donde está esa raya blanca que separa el arcén de la calzada. Uno ya no es nadie sin la raya blanca que seguir, sin la raya blanca que te guía y te acompaña. De tanto mirarla, de tanto seguirla, al final esa raya se nos queda dibujada en los ojos a estas personas de complicada definición: ¿randonneurs? ¿ciclomaratonianos? ¿ciclistas de larga distancia?

Por lo tanto, si quieres saber si un ciclista hace largas distancias mírale a los ojos y si distingues una raya blanca ya no hará falta que le mires las recias piernas ni el moreno de los brazos marcados por el maillot. Estarás ante uno de estos locos que desgastan las bielas hasta el infinito.

Salimos de noche, a las 6 de la mañana, de Salamanca. Somos 30 unidades. Siete de ellos del Pakefte (Agustín, Antonio, Buje, David, Edu, Josu y yo mismo). Los primeros kilómetros los hago al frente, en compañía del incombustible Gabi, comentando sobre lo que llevamos hecho este año. Se nota algo de viento en contra en estos primeros kilómetros.

El grupo rueda compacto hasta la primera cuesta de importancia, a unos 30 kilómetros, en la cual hay una selección natural y se comienzan a hacer grupos. Un momento antes nos cuenta David que Edu y Buje están detrás por un pinchazo casi al inicio. En esa cuesta me quedo con la gente de Salamanca, mirando hacia atrás por si veo a Buje, Edu y Agustín, que también paró por otras razones, pero no les veo. Gabi y yo decimos de ir despacio a ver si nos cogen, pero no aparecen. Somos unos diez y como el viento es molesto se comienza a hacer relevos, unos relevos espectaculares, de los que a mi me gustan, de poco tiempo cada uno y dejándose caer el que ha estado al frente. Soy el único madrileño entre tanto salmantino. Uno de los integrantes va avisando cada minuto de que faltan cinco segundos para terminar la posta del que va primero para que se deje caer al último lugar, en un tiovivo inagotable. Funciona fabulosamente, la gente tira con cabeza, sin forzar el ritmo, intentando mantener el que se ha estado siguiendo momentos antes. Sólo Ramón es un poco más entusiasta y le tengo que decir alguna vez (está justo delante de mí) que vaya más despacio. Tras las bajadas o las subidas, donde se podía descoordinar todo un poco, hay luego reagrupamiento, la gente se vuelve a situar en su sitio y la cosa funciona maravillosamente. Un notable alto y mi más sincera enhorabuena a los salmantinos, sobre todo teniendo en cuenta que, al parecer, esta era sólo la segunda vez que lo hacían.

En Tordesillas sellaje, parada corta adecuadamente recordada por Gabi y a seguir. Lo de que Gabi te esté recordando que hay que salir ya, aunque en el momento agobia un poco, en el fondo se agradece mucho porque le ayuda a uno a ser más ágil y perder menos tiempo, pudiendo luego aprovecharlo para ir más despacio, sin necesidad de forzar tanto. Es una suerte siempre llevar a Gabi cerca.

En la parada de la comida se nos unen Buje, Edu y Agustín. Desde ahí vamos juntos un grupo principalmente formado por los salmantinos y los madrileños, con buen ambiente, comentarios y risas.

A la entrada de un pueblo nos invitan los de Salamanca a melón, que sienta fenomenal porque comienza a hacer calor.

A Cistierna llegamos un poco disgregados. La gente empieza a coger distintos ritmos.

Josu y yo no tenemos reservado nada para dormir el sábado. Pero sí tenemos claro que queremos avanzar lo más posible para intentar llegar al tren de las 6 de la tarde del domingo en Salamanca, que nos lleve a Madrid. En tren hemos venido a Salamanca y en tren nos quisiéramos ir, por comodidad sobre todo. Josu está convencido de que podemos llegar a ese tren, el de las 6. Yo tengo mis dudas y pienso que más bien llegaremos al de las 8. David nos ha ofrecido llevarnos en su furgoneta, le decimos que lo haremos si no pillamos el tren. Por ello, para llegar al tren el domingo, procuramos detenernos lo justito en las paradas, que es donde sacamos más tiempo, porque pedaleando no nos parece buena idea tirar más fuerte para llegar antes, sólo consigues agotarte y exigirte luego un mayor descanso, lo que al final supone que vienes a avanzar lo mismo.

En Cistierna preguntamos si quedan habitaciones en el hostal para cuando vayamos de vuelta y nos dicen que no, por lo que nos vemos obligados a avanzar algo más. Tampoco nos importa, vamos bien y además en Cistierna están en fiestas y eso siempre significa ruidos.

El tramo Cistierna – Riaño – Llánaves es precioso. Lo hacemos de subida atardeciendo lo que permite disfrutar de unos colores y contrastes de impresión. De todos modos se hace algo duro porque hay bastante tramo de subida y con aire en contra.

Cenamos en Llánaves, a las faldas del Puerto de San Glorio. El resto de compañeros del Pakefte van por detrás en dos grupos y llegan cuando nosotros estamos ya listos para salir

Desde allí he llamado a los posibles hostales en los que quedarnos más abajo y consigo uno que está a 22 kilómetros de Cistierna, a unos 85 de donde estamos. Faltan quince minutos para las diez y nos dicen que tenemos que estar allí alrededor de la una de la madrugada, porque luego lo cierran. No lo tenemos fácil. Josu y yo salimos a todo meter, cenados, recuperados, con aire a favor y terreno favorable. Está anocheciendo y nos llueven encima una especie de polillas muertas de no sabemos que procedencia. Extraño.

Vamos con ritmo alegre y a las 12 estamos en Cistierna. Llamamos al hostal para decirles que llegaremos sobre la 1,10. Nos dicen que no hay problema. Lo clavamos. A esa hora nos presentamos allí.

Dormimos cinco horas. Al salir a la carretera para comenzar la ruta vemos a lo lejos que vienen tres ciclistas. Nos ponemos en marcha y dejamos que nos cojan. Son Agustín, Antonio y Buje. Vaya puntería. A propósito no lo hubiéramos clavado así de bien. Edu va un poco más atrás por sus problemas con la rodilla. Vamos juntos hasta Mansilla de las Mulas, buscando un lugar donde desayunar. Vamos a un ritmo vivo, a veces un poco forzado para mi gusto, pero las piernas están bien en ese momento. Salimos Josu y yo antes, cuando estamos listos, preferimos llevar un ritmo más tranquilo parando menos.

Pensamos que los compañeros pakeftiles nos cogerán en breve, para ello miramos de vez en cuando hacia atrás, pero el caso es que no les vemos hasta que 56 kilómetros más adelante estamos saliendo de un bar y ellos llegan, en Valderas. El viento está siendo ligeramente favorable casi todo el tiempo, lo que nos permite llevar un buen ritmo sin forzar en exceso.

Josu y yo vamos todo el tiempo dándonos unos relevos muy peculiares. No son de tiempo ni de espacio. Tira el que se siente con ganas, con energía o con mejor cuerpo que el otro, sin necesidad de decir nada. Josu me marca donde me tengo que poner cuando él va delante, para aprovechar mejor la dirección del viento. Cuando paso yo adelante procuro dejarle ese mismo hueco. Yo le recuerdo cada tanto que tiene que beber, que nunca viene mal.

Unos kilómetros antes de Zamora nos encontramos con Pedro y Diego, de Pueblo Nuevo (Madrid). Vamos con ellos hasta Zamora. Pedro va un poquito justo y a nosotros tampoco nos viene mal un rato de ir tranquilitos pues vamos bien de tiempo.

A las 3 en Zamora, donde vemos caer una tormenta mientras comemos al lado de la gasolinera donde se sella. Hemos tenido suerte.

Al poco de salir de Zamora el viento cambia y se pone en contra. Eso nos descuadra todo porque hasta Zamora íbamos cumpliendo todos los tiempos que nos habíamos planteado para llegar al tren a una hora decente. Conseguimos huir de un par de tormentas que nos acechan y nos lanzan unas pocas gotas sin importancia.

A 12 kilómetros de Zamora volvemos a ver a Diego y Pedro, que habían salido antes que nosotros. Nos juntamos con ellos y desistimos del último tren a Madrid, para el que vamos muy justos y además Diego nos ofrece llevarnos a Madrid en su furgoneta.

Llegamos bien, lógicamente cansados pero no agotados, con buenas sensaciones. Sobrándonos más de dos horas del límite de tiempo para hacer el recorrido, recorrido que no es excesivamente duro y la climatología al final no ha sido tan mala como se preveía, sobre todo el viento.

Muchas gracias a los Amigos de la Bici de Salamanca por la organización de este Brevet de 600 y a todos los participantes por la compañía, la charla, alguna que otra rueda, a Agustín por dejarme las cremas cicatrizantes, a Edu las antiinflamatorias y seguro que algo más se me olvida, pero gracias a todos.

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